Son visibles

A Asociación Belmar desenvolve un novo proxecto de voluntariado seguindo a invitación do Papa Francisco de vivir aínda máis as obras de misericordia

Do Opus Dei

Desde a Asociación Belmar queríamos facer este ano un novo proxecto de voluntariado, seguindo a invitación do Papa Francisco de vivir aínda máis as obras de misericordia. Queriamos un voluntariado que axudase a persoas da nosa cidade, pois tamén hai moitas necesidades na nosa contorna. Así os mozos descobren que moi preto de nós hai xente pasándoo mal e que, achegándose a eles, tamén están contribuíndo a cambiar o mundo.

Coñecemos a iniciativa “Son visibles”, dunha ONG en Vigo, falamos cos seus promotores e puxémonos mans á obra para levala a cabo en Pontevedra. Os sábados pola tarde un grupo de voluntarias saímos ás rúas a repartir café e bocadillos entre as persoas sen fogar que están na rúa, mentres conversamos con elas. Buscamos compartir un rato de conversación, escoitar, comprender …Queremos romper coa indiferenza coa que tantas veces pasamos cerca destas persoas.

Elena (coordinadora) a carón de Blanca, Andrea e Cristina

Recorre las redes sociales una imagen de una niña que le pregunta a su mamá qué es rendirse. Y su madre le dice algo así como «no lo sé, soy una mujer». Puede que su condición femenina tenga algo que ver. O quizás simplemente sea su gran humanidad. Pero con Blanca Basanta, Cristina Saiz, Elena Vigón, Andrea Erea y Yolanda Pazos uno tiene esa sensación; que son mujeres capaces de luchar siempre. Las cuatro primeras, pontevedresas, comparten juventud y un proyecto; salen los fines de semana a repartir café con leche caliente y bocadillos a personas indigentes. La quinta es Yolanda, que lleva quince años viviendo los dramas de los demás desde ese ejército de solidaridad que es Cáritas, aunque ella dice que no son dramas, que siempre vive más cosas positivas que negativas. Acompañó a moribundos solitarios, ayudó a niños con familias desestructuradas y es el hombro sobre el que lloraron penas muchas personas que no tienen nada. Esta es la historia de cinco voluntarias en mayúsculas.

Empecemos por las jóvenes. Blanca, Cristina y Andrea, coordinadas por Elena, que es la mayor de todas, hablan con tanta autoridad de ayudar a los demás que a uno le cuesta hacerse a la idea de que está charlando con unas adolescentes -de hecho, dos son menores de edad-. Ellas participan en un proyecto fácil de explicar pero con una trascendencia descomunal: se trata de coger café, unos bocadillos y salir a la calle a ofrecérselos a las personas que piden o viven sin un techo que las ampare. La experiencia, que llevaron a cabo en Pontevedra y que repetirán en breve, les ha cambiado el prisma con el que ven la vida.

Cuentan estas jóvenes que pensaban que se iban a encontrar a pie de calle «con gente brusca». Andrea, la más pequeña, es la que lo dice con palabras más francas: «Yo creía que en la calle habría gente horrible». Pero lo que vieron y, sobre todo, lo que sintieron no tuvo nada que ver con eso. Recorrieron las calles justo un día de lluvia y frío enorme. Y repartieron 38 cafés y veinte bocadillos. «Nos dimos cuenta de que todas las personas a las que les ofrecíamos el café se ponían contentas. Tocaban con las manos el vaso y agradecían el calor que les daba», explican.

Les sorprendieron tantas cosas que es difícil resumirlas. Para empezar, que personas que no tienen nada, que viven con lo puesto, y lo puesto son viejos trapos, sean solidarias: «Ofrecimos bocadillos a personas que nos dijeron que ya habían comido y que fuésemos a buscar a más gente que tenía hambre. Le decíamos que lo guardasen para cenar y nos insistían en que ellos ya comieran, pero otros no». Cuentan que se encontraron con un hombre que les preguntó si el bocadillo era de jamón asado caliente. Ellas le dijeron que solo tenían jamón cocido o queso. Él cogió lo que le daban, sonrió y señaló: «Me lo comeré imaginándome el jamón asado calentito».

El reparto duró unas horas. Pero sus efectos siguen haciendo mella. Lo cuenta bien Elena: «Yo ya no miro a las personas que están en la calle igual. Antes igual pasaba y casi no las veía. Ahora me fijo en ellas. Y la gente a la que le dimos café o bocadillos tampoco nos mira igual».

«Sé que esto está bien»

Cambiamos de escenario. Vamos hasta Vilagarcía. Y hablamos con Yolanda Pazos. Oceanógrafa de profesión, dice algo nada más empezar a hablar que hace que uno se quede mudo: «En esta vida solemos dudar de todo lo que hacemos, de si actuamos bien en esto o en lo otro... Yo todo el tiempo que dedico a ayudar a los demás como voluntaria sé que lo que hago está bien hecho. No hay más». Ahí es nada.

Yolanda abre luego el cajón de recuerdos. Conoció el mundo de Cáritas hace quince años, cuando se prestó voluntaria para cocina. Entró, vio la madera de la que estaban hechas las personas que colaboraban con la organización, y ya nunca pudo marcharse. Desde entonces ha hecho de todo. Cada historia que cuenta daría para escribir un libro. Habla de personas que la tuvieron como única compañera a la hora de morir, de viudas en dramáticas situaciones a las que tuvo que sacar de la cama para que recuperasen el timón de sus casas, de esos días de lluvia «en los que uno desearía con todas sus fuerzas llevarse a casa a tantas personas que viven en la calle y que uno conoce» o de la amargura de ver a una persona enferma y saber que no tendrá Seguridad Social. Y pone blanco sobre negro: «Es verdad que vives cosas muy duras, como cuando trabajas mucho, incluso durante años, con una persona y luego regresa a la prostitución o a las drogas... Pero también te llevas grandes alegrías».

Tiene alguna fresca en la memoria. Cuenta el caso de un joven extranjero deprimido por su situación de exclusión social. El hombre era soldador. Tenía un título. Pero había perdido toda su documentación, inclusive la que certificaba sus estudios. Con Cáritas como escudo, ella le ayudó a recuperarlos y le abrió una ventana al futuro. Yolanda es humana hasta confesando sus propias debilidades: «Recuerdo a una persona muy enferma y muy sola que me pedía pepinillos en vinagre. Con el dinero de Cáritas no puedes andar con esas cosas... Pero con el mío sí. Y claro que los compré». Yolanda, miembro de la junta permanente de Cáritas de Vilagarcía, se emociona recordando a aquel hombre que se moría solo. Y uno, escuchándola, piensa en que Pablo Milanés, cuando le cantaba a aquella Yolanda con la que su «soledad se siente acompañada» bien podría haber estado pensando en una Yolanda como ella.


La Voz de Galicia, 27/III/2016

Edición Dixital: http://www.lavozdegalicia.es/noticia/pontevedra/pontevedra/2016/03/27/dispuestas-vivir-dramas-demas/0003_201603P27C3991.htm